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Sobre duelo infantil y familia

September 12, 2017

Artículo aparecido en el número 28 de la revista Haurdanik de AVAIM (Asociación Vasca para la Ayuda de la Infancia Maltratada), en agosto de 2013.

El PDF completo en el enlace:

http://centrodocumental.avaim.org/haurdanik-28/

y la página de la asociación en el enlace:

http://avaim.org

 

 

SOBRE DUELO INFANTIL Y FAMILIA

Amagoia Alemán Méndez

 

 

INTRODUCCIÓN. ENTENDIENDO AL ADULTO

 

Vivimos el día a día ajetreados con nuestros trabajos, nuestros compromisos, y con, menos mal, nuestros pequeños momentos de esparcimiento. Nos metemos en la cama evaluando cómo nos ha ido y si hemos llegado a la meta que inevitablemente en un momento de nuestra vida nos hemos puesto y que nos dejará dormir o no tranquilos. 

 

Nuestra mente está siempre pensado en construir, en futuro. Es inherente al ser humano el deseo de evolucionar. Educamos en esa actitud a nuestros hijos, y tratamos de proporcionarles todas las opciones disponibles. Alargamos en lo posible su infancia, queremos que disfruten de ella, que aprendan a apreciar y valorar lo bueno de la vida. 

 

Somos conscientes del ciclo de la vida, que existen nuevos logros, pero que en contraposición, existen pérdidas; que existen nacimientos y que existen muertes. Somos conscientes que aunque intentemos racionalizar, es decir, controlar el miedo a esta realidad a través de dar vueltas y vueltas a ideas más o menos fundadas, la vida es caprichosa, y da y quita a su libre antojo. Nos enfadamos con ella cuando no cumple ese “trato” de respetar las probabilidades, y los padres sobreviven de forma no “natural” a sus hijos; gente enferma de forma crónica vive años y otras personas caen fulminadas aun gozando de gran salud. Incluso nos parece que ha sido injusta por llevarse de nuestro lado personas que por su calidad humana y su lucha ante las circunstancias que les tocó vivir, se merecían mayor recompensa. 

 

Pensar en acompañar a un niño en el proceso de un duelo nos entristece, por empatía, pero en el fondo nos enfada, porque la vida nos la ha vuelto a jugar. Racionalizamos otra vez, somos así de controladores, pensamos que es una experiencia más que le ayudará y nos ayudará a madurar. De forma natural, tiramos de empatía para reaccionar ante él y ayudarle. Con empatía me refiero a recoger toda la información posible que nos ayude a poder colocarnos en su lugar. 

 

Sobre esta línea base, nuestra autoestima, nuestra actitud ante la vida, nuestras propias complicaciones y nuestra destreza emocional, nos manejaremos ante la experiencia del duelo, en su versión más amplia, es decir, la nuestra y la compartida con nuestros otros importantes. Y alrededor de la línea base, las circunstancias de la pérdida, porque nunca viene bien, pero a veces viene en el peor momento; la red social y el apoyo que nos puede prestar, nuestra personalidad y cómo estamos de fuertes.

 

Una pérdida supone un momento de parón para curar una herida. Recorremos el pasado una y otra vez, a veces para revivir la alegría de lo perdido cuando todavía existía, a veces desde el dolor y la tristeza para buscar razones o más bien errores. Aceptar lo ocurrido es el primer paso y el más difícil; de hecho, a veces parece que no lo dimos. Bien parece que está lejos el momento en el que recordaremos a esa persona sin sentir que nos rompemos por dentro. Es el día a día, bueno, el mes a mes, el que nos muestra que el dolor se va mitigando y los momentos de añoranza se transforman en recuerdos. 

 

 

EL NIÑO Y EL MUNDO EMOCIONAL DEL ADULTO

 

Cuando en una familia ocurre la muerte de uno de sus miembros, ésta influye en todos ellos. Y no solo a un nivel emocional del significado que tenía esa relación, sino por la función que esa persona desempeñaba. La familia reacciona en un primer momento con medidas circunstanciales para compensar lo que esa persona ya no está para hacer. Es solo a lo largo del tiempo cuando en realidad se crearán los nuevos roles para suplir la necesidad que cubría y los miembros se puedan centrar en la parte emocional de la pérdida. 

Son los padres quienes tienen la función de guía y cuidado de sus hijos. Son quienes de forma natural ayudarán a éstos a pasar por el proceso. 

 

Por eso, es primordial centrarse en ayudarles a ellos, porque estando bien, serán competentes en su función. Hay que enseñarles a cuidarse, porque cuidándose a ellos mismos, están cuidando de sus hijos. Ellos son la figura de apego segura, tienen que estar fuertes para poder ser accesibles y responder a las demandas del niño. 

 

El proceso se convierte en una verdadera experiencia familiar, en la que los adultos se adaptan a la edad de sus hijos: son modelo de expresión emocional,  escuchan su manera de preguntar y hablar de sus dudas y sus hipótesis. Adaptados a su manera de comunicarse, bien sea a través del juego, dibujos, fotos, bien a través de la palabra y el contacto físico. Y a la vez, se trata de una relación de aporte recíproco; los adultos somos emocionalmente complejos, y ellos básicamente simples e inocentes, y aportan la sencillez que a nosotros nos falta. 

 

Como en otras etapas del ciclo vital familiar, nuestros hijos nos hacen enfrentarnos con aquello que tratamos de evadirnos. La relación con ellos nos recuerda una y otra vez, la que tuvimos nosotros con nuestros propios padres. Y cuando se trata de enfrentarnos a la muerte de un ser querido, cuando un bebé llora porque le falta su padre o su madre y no podemos explicarle que ya no va a estar, nos hace enfrentarnos a nosotros mismos con esa realidad. Cuando un niño de preescolar repite una y otra vez que lo entiende, pero acto seguido pregunta si le va a volver a ver, revuelve esa esperanza en el adulto. Cuando un niño de escolar teme que te mueras tú, es imposible no temer a la soledad y a perder a alguien más. Cuando un preadolescente busca un significado a la experiencia, mueve inevitablemente la coherencia y congruencia de las creencias familiares. Y la dificultad adolescente para aceptar de buen grado algo impuesto y su necesidad de comprobación hasta el límite, provoca más de una simpatía peligrosa en sus padres.

 

 

PARENTALIZACIÓN

 

Cuando las familias eran numerosas, con 5 o hasta 9 hijos, no hace mucho tiempo en realidad, y con un tipo de educación tradicional, era impensable que la madre se hiciese cargo de forma constante y equitativa de todos ellos. Dentro del grupo de los hermanos existía un reparto de funciones de cuidado, muchas veces los mayores cuidaban de los pequeños, otras, le caía el rol a uno de ellos. Existían familias en las que uno de sus hijos se haría cargo del negocio familiar, a otro le podía caer el que iba a cura, y a otro, el cuidar de sus padres cuando fuesen mayores, que podía ir seguido de la soltería, por si acaso. 

 

Son roles que fueron aceptados a veces desde la imposición, otras desde una costumbre. Los hijos son especialmente sensibles a lo que la familia puede necesitar un momento, sobre todo a corta edad, y su lealtad les lleva a cumplir sin cuestionamientos. Más si quien necesita de su ayuda es uno de sus progenitores.

 

Que un hijo se preocupe por sus padres cuando la familia está atravesando un proceso de duelo, es lo normal, igual que el adulto de él. Ambos tantean la necesidad de ayuda, incluso el menor puede tener la sensación de que tiene el poder de ayudar de sus padres. Pero esto pronto se desmorona, porque el día a día frustra su fantasía de omnipotencia y le demuestra que es dependiente y que el adulto es quien en realidad tiene ese poder de protección, o la pareja, o incluso otro familiar adulto. Y respira hondo, por el peso que se ha quitado de encima.

 

Pero puede ocurrir que los padres no estén fuertes y ante el ofrecimiento del niño, cedan por su propia necesidad de ser cuidados, más bien de manera inconsciente que consciente. Creen que es el propio niño el que necesita de su compañía, que también está siendo duro para él. Que no duerme bien y que por eso necesita dormir en la cama de los padres. Los límites individuales entre hijo y padre se difuminan así, y entran en una relación simbiótica como la de un bebé con su madre, y en la que lo que siente el adulto se confunde con lo que siente el niño. 

 

El menor entra en una relación incongruente sobre su función dentro de la familia, es decir, de lo que se espera de él. Por un lado cuida de su progenitor, siendo su compañía, pero también su confesor, en una relación que le coloca jerárquicamente por encima del adulto, pero sin la madurez suficiente. A la vez que por otro lado, tiene que cumplir con unas normas de convivencia familiar impuestas por su supuesto guía, en las que jerárquicamente está por debajo de su padre. Pierde la orientación natural de los hijos a la autonomización y pierde, en general, su inocencia. 

 

A este salto generacional, en el que un hijo cumple funciones de pareja de un padre, o toma decisiones sobre el futuro familiar o incluso sobre el cuidado de sus hermanos, se le llama parentalización, y en un grado extremo constituye un verdadero abuso del menor. 

 

 

 

 

LA EXPERIENCIA FAMILIAR DEL DUELO. LOS RITUALES 

 

Una muerte produce al principio una etapa de confusión en la que los miembros de la familia se pueden sentir desorientados sobre qué hacer. Los rituales existentes en la sociedad pueden dar ese marco de referencia que la familia necesita. Además, provee a ésta de una red social de apoyo necesaria hasta que consiga organizarse. Facilita la expresión emocional de los primeros momentos tanto de la familia como de amistades y conocidos, y como no, la aceptación de lo ocurrido. 

 

Así mismo, servirá a los menores, siempre y cuando adaptemos esos rituales a su momento evolutivo y a su lenguaje. Dará un marco a sus padres de comunicación con ellos sin tener que forzarlo y una guía sobre qué explicar y qué no, conforme ellos vayan preguntando. Las principales pautas son las de explicar al niño primero lo que va a ocurrir, no dejarle solo, y si se trata de un adolescente, dejar la puerta abierta a que decida él en qué quiere participar. 

 

Una vez avanzado el proceso, cuando la familia se ha estabilizado y la red social no está tan presente, entran en juego los rituales más propios de la propia familia para apoyarse mutuamente y adaptarse a la nueva situación sin esa persona perdida. Los niños necesitan saber que no se ha olvidado a la persona fallecida, pero a la vez, retomar su estructura diaria, entendida como rutina. Aniversarios, objetos, recuerdos en general tienen que alternarse con retomar poco a poco la normalidad y la estabilidad. Y en esta adaptación, los niños nos sacan ventaja, son más rápidos que nosotros los adultos. 

 

 

CUANDO EL PROCESO DEL DUELO SE COMPLICA. EL APOYO PROFESIONAL. 

 

Un duelo complicado hace referencia distintas variables. Las circunstancias de la pérdida de un ser querido pueden ser especialmente traumáticas, como un suicidio. La relación del niños con esa persona puede dificultar la despedida, no solo por la fuerza del vínculo, sino también si era seguro o no, o si la relación en el momento de la pérdida era conflictiva o quedaron asuntos pendientes. El momento evolutivo del niño también lo puede dificultar, si en ese momento estaba en un cambio de etapa y adquisición de habilidades y todavía no se habían instaurado. La función que la persona desempeñaba para con el niño puede complicarlo, si es una figura de identificación, refiriéndome a un modelo, alguien idealizado o un compañero de clase con el que había un alto grado de intimidad. 

 

Un duelo enquistado o también llamado congelado, es aquél que en el momento en el que el proceso se inició, hubo alguna circunstancia que no permitió su correcto desarrollo, y se quedó sin acabar de aceptar o la familia no se adaptó y mantuvo de alguna manera la presencia del fallecido en el tiempo. Familias que han perdido a uno de los hijos pequeños por una cáncer, que tras años mantienen su habitación intacta, por ejemplo. Son reavivados por perdidas posteriores, cuya intensidad emocional no corresponde a lo perdido, como un animal doméstico, por ejemplo. Además, el niño que lo vivió, ya adulto, experimenta el duelo congelado con la intensidad del niño que fue entonces.

 

En estas circunstancias, las del duelo complicado o la de duelos interrumpidos, el apoyo profesional estaría recomendado. También en situaciones en las que los adultos responsables de los menores no tengan red social o se noten faltos de fuerzas para enfrentarse solos al proceso.

 

Para cada caso existe un tipo de terapia más adecuado, o puede que varios tipos de intervenciones sean adecuados indistintamente. Pero en general, si ambos padres están centrados, la terapia familiar es la que más indicada, puesto que ayuda a los padres a cumplir su función de guía con respecto a los hijos, y por otro lado, ayuda a la pareja en su función de apoyo y cuidado mutuo.

 

El profesional actúa de puente entre el lenguaje adulto de los padres y el del niño. A veces se promueven juegos, otras veces tareas y rituales, pero siempre bajo el lenguaje metafórico y simbólico que el niño entiende mejor, como por ejemplo jugar a ser un valiente cazador de monstruos, si lo que le pasa es que tiene miedos nocturnos. Se utilizan más el cuerpo que la palabra, aun con niños mayores o adolescentes, y los objetos transacionales, aquellos en los que se puede poner los propios miedos fuera y contenerlos. Se les dice a estos objetos lo que se le quiere decir al niño y viceversa, y el niño habla de sí mismo al hacerlo de él. Se promueven las relaciones y vinculaciones seguras, donde los niños pueden dejarse cuidar. 

 

Especial es la utilización de un animal doméstico para ese objetivo. Khaleesi es la sucesora de Nikita, ambas hembras boxer con las que conectar con los niños y su mundo interno se hace más fácil, y a la vez, hacer conectar a éste con sus padres. El vínculo que se construye con el perro es el de la incondicionalidad del querer, la confianza, el cuidado; la comunicación es analógica, es decir, desde la acción y los gestos, la mirada, y se utiliza la relación primaria del contacto piel con piel. Se establecen unas reglas sencillas de interacción, en las que si cuidas y respetas al animal, él cuidará de ti. 

 

CONCLUSIÓN

 

La familia es el contexto natural donde un niño encontrará el mejor acompañamiento en el proceso de elaboración de una pérdida, así que el esfuerzo en reforzar sus pilares estará bien invertido. Los padres han de cuidar de sí mismos para poder cumplir su función de guía y adaptarse verdaderamente a la necesidad del niños según su edad, que puedan vivir la experiencia emocional en su medida y no entren en experiencias adultas que no les compiten. 

 

Aún así, el proceso natural puede verse dificultado y hacerse necesario el apoyo profesional, que hará de puente entre el mundo adulto y el infantil para facilitar la comunicación y retomar el desarrollo normal del ciclo vital por el que están pasando.

 

 

 

 

 

 

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