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AUTOCUIDADO Y AUTOESTIMA

October 16, 2018

Cuidar de los demás es algo que nos sale automáticamente, sobre todo cuando empatizamos con otra persona que lo necesita y estamos en disposición de hacer. Lo sabemos hacer desde niños, porque el ser humano es social por naturaleza, porque nos lo han enseñado y porque a nosotros nos han cuidado y hacemos lo mismo por los demás. También cuidamos de nosotros mismos en un montón de hábitos y elecciones. Y nos cuidamos al intentar mantener una buena imagen propia en cada decisión y acción que tomamos, incluso cuando no sale como quisiéramos. 

 

 

 

ÍNDICE: INTRODUCCIÓN

               QUIÉN SOY YO

               AUTOESTIMA

               AUTOCUIDADO

 

INTRODUCCIÓN

 

Nuestra tendencia natural es la de cuidar de cuidar de nosotros mismos, de los nuestros y de aquellos que elegimos por distintas razones. Somos sociales por naturaleza, y estructuramos de este modo nuestra convivencia. 

 

Sin embargo, aun siendo así, en muchas ocasiones entramos en contradicción con esta tendencia. El ritmo de vida frenético que llevamos, prioridades autoimpuestas que no conseguimos jerarquizar, lealtades mal entendidas, sacrificios por dependencias, huellas de traumas del pasado,… hacen que nos distanciemos de nosotros mismos, sobrevivamos el día a día alienados y llenos de incongruencias. Con mecanismos de defensa activados, si no hay ya sintomatología.

 

QUIÉN SOY YO

 

Desde muy en la antigüedad el ser humano se ha planteado su existencia, y por poner un ejemplo, me remito al "pienso, luego existo", de Descartes. En nuestro propio desarrollo psicológico, tenemos que contestar a esa pregunta, cogiendo nuestros modelos primeros en nuestros progenitores, pero también buscando diferenciarnos de ellos.

 

Somos nuestro lenguaje consciente interno, pero también nuestros deseos y valores. Somos nuestra memoria y nuestra experiencia pasada, pero también aquello que soñamos todas las noches y no recordamos. Somos lo que queremos llegar a ser idealmente, lo que deberíamos ser, lo que potencialmente podríamos ser, y lo que esperamos ser. Hace falta mucho autoconocimiento para diferenciar nuestro yo real del resto, que funcionan como guías para actuar y evaluarnos. 

 

El lenguaje interno que utilizamos es en gran parte aprendido en las interacciones sociales. Familia, escuela, grupos de amigos, trabajo u otras situaciones. Los demás hablan de nosotros, nos reconocemos en ello y nos hablamos de igual modo. Para las distintos puntos de nuestra identidad, en la interacción con nuestros padres, hermanos, amigos o compañeros, recibimos una definición, que introyectaremos como propia. Tendremos un rol en cada contexto que desarrollará una de esas definiciones y ocultará otras posibles. Seremos responsables, amables, fuertes, audaces,… divertidos, independientes, creativos… porque seremos premiados con esa confirmación social al cumplir con nuestro rol. 

 

Existen dificultades en este proceso, los distintos trastornos de personalidad, en los que hay una dificultad para integrar una vivencia coherente de identidad, lo que en ella influye y sus referentes. Son personas con patrones rígidos para experimentar la realidad y comportarse en ella.

 

AUTOESTIMA

 

 La autoestima es un conjunto de evaluaciones, emociones y conductas dirigidas hacia nosotros mismos. Si el resultado es juzgado como positivo y las emociones generales hacia uno mismo son de confirmación, se desarrollará el respeto hacia uno mismo y la autoconfianza, necesarios para una actitud activa y ambiciosa a la hora de buscar la propia felicidad. Esas evaluaciones están muy relacionadas con la imagen que tenemos de nosotros mismos y si llegamos a ella. Quiénes somos, qué aspecto tenemos, en qué somos buenos y cuáles son nuestros puntos débiles. 

 

Una autoestima sana pasa, aun y todo, por la aceptación de nuestro ser imperfecto. Las personas somos irracionales, nos movemos muchas veces por emociones, y aunque esto frustre la imagen ideal que tenemos de nosotros, relaja el listón que nos ponemos a nosotros mismos y a los demás. Aceptarlo, nos hace "más humanos".

 

En una autoestima alta, encontramos firmeza y defensa de los propios valores y principios, incluso para modificarlos si hace falta; confianza en el criterio propio aunque sea diferente al de los otros; vive con intensidad el presente; confianza en sí mismo para resolver problemas o pedir ayuda; se reconoce la diferencia de talentos, pero nadie es mejor; sentimiento de ser valioso para los cercanos; colabora pero no se deja manipular; puede reconocer en sí lo bueno y lo malo; es una persona activa y sensible para con los demás.

 

 En una autoestima baja, encontramos autocríticas e insatisfacción consigo mismo; hipersensibilidad a las críticas de los demás y estado de alerta y a la defensiva; miedo a equivocarse e indecisión constante; deseo excesivo de complacer y necesidad de la confirmación de los demás; perfeccionismo rígido y sentimiento de fracaso si no va bien; siempre se siente culpable independientemente de una evaluación realista y no se llega a perdonar; irritabilidad constante, nada le satisface y fácil de estallar; negativismo constante y dificultad para disfrutar de la vida. Busca hacer cosas que le salgan bien y tener éxito, pero la sensación de valía es efímera, puesto que no depende de eso. Además, busca el reconocimiento de los demás a través de la competición con otros, tratando de salir airosos rebajando a otra persona comparándola con ellos. 

 

La ansiedad puede influir negativamente en la autoestima. Boicotea una correcta evaluación de los méritos propios, además de la autoconfianza al enfrentar las situaciones. Una alta ansiedad, además, no permite el correcto descanso en el sueño. 

 

La depresión puede llevar a una autoestima baja. Sus síntomas conllevan tristeza, una falta de motivación, falta de interés para actividades que antes parecían atractivas, pasividad y falta de concentración. Mantenido en el tiempo, puede llevar a un lenguaje negativista y frustración, que se puede dirigir hacia uno mismo, incluso de forma agresiva. 

 

 Existen situaciones en las que los mensajes que recibe una persona son críticos y hostiles. Y mantenidos en el tiempo llegan a minar el modo de percibirse, y, por tanto, de hablarse a uno mismo. Sobre todo cuando quien los manda es emocionalmente importante para nosotros, hay algún tipo de dependencia que nos impide marcharnos o una relación de jerarquía. El acoso escolar, el acoso laboral, el maltrato familiar, la violencia de género, el chantaje, decepcionar a alguien que espera algo injusto de nosotros… existen roles de chivo expiatorio, en los que en un grupo de iguales o en una familia, se niegan los conflictos y parece que el único problema que existe es que uno de sus miembros no se comporta de modo adecuado; esa persona recibe toda la frustración y agresividad por los conflictos no resueltos, y se puede comprobar en la desproporción de las críticas recibidas. Igual ocurriría en la relación entre dos personas, bien sea estrecha o amistad, donde una de ellas está con el mecanismo de negación activado para no conectar con una realidad concreta en la que se siente inseguro y proyecta en la otra persona toda su frustración. 

 

AUTOCUIDADO

 

 El autocuidado se refiere a actitudes, emociones y acciones que conllevan que esa actitud de cuidado hacia los demás innata en el ser humano se dirija hacia uno mismo. Por eso, solemos decir que "nos queremos al hacer tal cosa" o la manera de hablarnos del autocuidado sea entablando una conversación con nosotros mismos: "si yo fuese un amigo, ¿qué le diría? ¿qué le propondría que haga? ¿cómo le apoyaría?". Existe un dicho que dice "yo soy mi peor enemigo", que se refiere a que nosotros nos ponemos las mayores limitaciones y boicots a nuestra felicidad; pero se le puede dar la vuelta, porque de la misma manera, también podemos ser nuestros mejores amigos. 

 

Una muestra sobre lo que significa autocuidarse sería seguir la Pirámide de Maslow, donde se jerarquizan las necesidades de la persona. No puede realizarse la siguiente si la anterior no está satisfecha. En la base de la pirámide, están las necesidades fisiológicas. Parece evidente, pero quizás por ello, pasan desapercibidas. Hay que alimentarse de modo sano, asearse para evitar enfermedades, dormir lo suficiente para que el cuerpo esté equilibrado, hacer ejercicio para que músculos, articulaciones, y cerebro sirvan para algo… beber agua, cuidar la salud física y psicológica. Después de las necesidades fisiológicas, va la necesidad de seguridad: sentirse protegido, tener una situación personal estable, que haya un orden y una moral. Le sigue la necesidad social de afiliación: sentirse aceptado, que se pertenece a algo, sentir amor, afecto y amistad. Le sigue la necesidad del ego del reconocimiento: mantener una autoestima equilibrada, confianza, éxito y respeto. Por último, la necesidad de autorrealización: manejarse con una moralidad, desarrollar la creatividad, resolver problemas, mantener una espontaneidad y capacidad de aceptar los hechos. 

 

 El autocuidado es una habilidad aprendida. Las cuidados recibidos cuando fuimos dependientes en la infancia u otras situaciones, permiten desarrollar la confianza para ser consciente de que nosotros mismos podemos satisfacer nuestras necesidades y podemos ofrecerlas. Si no se desarrolla esa seguridad de autonomía, se darán conductas de dependencia de los demás. Cuando no has sido cuidado, es difícil que se cuide de los demás, puesto que es una necesidad no satisfecha, y se funcionará buscando cubrir esa necesidad en los demás. También puede ocurrir que se niegue esa falta y se active el mecanismo de defensa de la proyección: no me dejo cuidar ni me cuido, ni lo necesito ni los demás están a la altura de cómo hacerlo, pero dedico todo mi esfuerzo en cuidar a los demás como me hubiese gustado que lo hiciesen conmigo. 

 

Existen indicadores de que uno no se está cuidando bien: sentir que nos falta tiempo, no practicar actividades placenteras, fatigarse, tener somatizaciones como dolor de cabeza, de espalda o estreñimiento, tener cambios de humor, estar irritable, tener las cosas desordenadas y mostrar conductas compulsivas. La dificultad para el autocuidado puede generar enfado y frustración hacia uno mismo, y en otros casos, activar el mecanismo de negación de esa necesidad. 

 

En el ámbito laboral, existen profesiones cuyo objeto es el cuidado de los demás. Suponen muchas horas en esa actitud volcada en el otro, algunas, con jornadas laborales de 8 horas diarias, pero otras muchas organizadas por turnos de más horas. Profesiones en el marco de la medicina y la enfermería, auxiliares, trabajadores sociales, educadores, psicólogos, pedagogos y profesores, personal de emergencias y desastres… Se tratan de trabajos con un especial peligro de caer en el estrés del síndrome del Burnout si no se compensan con una buena actitud de autocuidado. Sus síntomas son fatiga crónica, ineficacia, olvidos, falta de concentración, nerviosismo, alteraciones del estado de ánimo y negación. Algunas de estas profesiones están en contacto constantemente con acontecimientos potencialmente traumáticos y es importante que gestionen sus efectos emocionales y de valores en ellos mismos, por lo que hace necesario también un espacio de cuidado profesional. No vale sólo con mantener la distancia entre profesional y usuario, porque la distancia le volvería frío y empatizar demasiado, no le daría una visión útil y que aporte algo distinto o soluciones.

 

 En el ámbito personal, existe un rol cuyo objeto es el cuidado del otro en circunstancias especiales. Se trata del cuidador primario, esa persona que dedica más tiempo que otros al cuidado de una persona. En el momento en el que se funda una familia, el rol de cuidado, sustento y guía lo ejerce los padres. Es un rol con momentos de estrés, sin duda, sobre todo el primer año de vida del bebé. En otras ocasiones, por enfermedad física, un miembro de la familia necesita de un cuidado permanente. Existen enfermedades mentales difíciles de cuidar. Si para un profesional, preparado para estas circunstancias, es difícil afrontar estas situaciones, para un familiar se agrava, no sólo porque tendrá que informarse, sino por el grado de parentesco, que no ayudará a que no se le mezclen asuntos personales. Se hace necesario mantener espacios de autocuidado, mantener un límite de tiempo invertido y no abandonar su propia vida, y un apoyo profesional que cuide al que cuida. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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